Wednesday, May 21, 2008

El Manjar de las Estrellas

Debía llegar en la madrugada,
debía ser ausente, audaz
Las carencias son aludes poderosos
que desenraizan.
Desvivifícame, sube a nacer
conmigo y todos los silencios
Debía ser ausente, mordaz
La noche es en todos los lugares.
Casi me olvido que para todos la sangre es lo de menos.
Y de menos a más.
Manjar, trepar, hartar
La vida se cansa cuando la estrellas chorrean.
Y ya no me queda dinero, mañana comeré estrellas.
Mientras la lluvia no cesa,
y al césar lo que es del pueblo.
Te vi, quitándome un espasmo, si todos son míos y la luna no es de nadie.
Don nadie, la lluvia no cesa y no hay estrellas hasta el martes.

Sunday, June 11, 2006

NO HAY SEÑAL

Pocas veces se había visto semejante atochamiento en la carretera. Sí, esa que nos trae desde la costa a la ciudad. La tarde parecía apresurar sus pasos, parodiando a todos los vehículos que apenas se movían dos o tres metros por hora.
El sol cansado, casi sin brillo, se resbalaba a sus espaldas. Desde el cielo nadie hubiese querido ver el espectáculo, -como diría tu abuelo-, culebresco, aproximándose luego de las vacaciones hacia el cemento. Por el asfalto y hacia el cemento. Ahora ya la ansiedad es un concepto añejo. Todos habían traspasado el límite de la paciencia, la sensatez de la espera se venía convirtiendo en sordidez y cada conductor odiaba el camino, odiaba las barreras, pero sobre todo, odiaba con toda su alma al vehiculo de adelante.
Bastó con que uno solo bajara del auto, del camión o del bus, para que todos se dieran la licencia de contemplar el escenario desde otro punto de vista.
Y así bajaron todos, decidieron intentar pasar el letargo con normalidad: planearon juegos, fumaron más de lo habitual, subieron el volumen de la música e incluso algunos fueron vistos dándose abrazos y besos mirando románticamente el sol que se preocupaba de sus asuntos en el poniente.
Todo parecía normal. Si la fila avanzaba un poco, solidariamente el auto era empujado por quien estuviera cerca. Todo quiso ser normal hasta que a uno de ellos, no recuerdo quien. Quizás pudo ser la niña de la manzana, o el joven sobre la piedra. Tal vez fue la anciana solitaria o el campesino que se le ocurrió vender en el camino sus tomates más rojos que la tierra le pudo escupir.
Si sacase mis conclusiones podría tener la seguridad que fue ese hombre del auto negro. Él, confundido ante la normalidad con que todos se tomaban una situación tan absurda, se subió sobre su auto y tratando de llamar la atención empezó a predicar:
-¡Hasta cuándo! ¿Cómo es posible que nadie reclame? ¿Acaso nadie ha venido a darnos una explicación? ¿Qué es lo que sucede más adelante? ¿Qué pasa que no nos dejan pasar? Quiero saber. ¿Nadie se atreve a ir?
El resto ya no se pudo escuchar. Había que mover los autos y su auto fue movido por unos niños. Quisieron hacerlo como un juego, pero el hombre sobre el techo perdió el equilibrio y se precipitó sobre el asfalto. Su cara quedó pegada como goma derretida y su ojo se reventó internamente.
Quiso ponerse de pie, pero por suerte hubo que mover los autos otra vez, y otra vez, y todo en solo cinco minutos. Había avanzado cerca de diez metros o veinte o quizás hasta treinta y la euforia invadía a la gente, y el sol terminó por hundirse, y todos pensaron que fue por lo mucho que habían avanzado y no porque así es la naturaleza o porque sin quererlo, tal vez, sin saberlo y porque no lo habían escuchado, terminaron aplastando, atropellando, olvidando al hombre del auto negro.
Sin embargo, no murió. Se levantó moribundo y como nadie se dio el tiempo de saber cómo estaba, además todas las heridas eran internas, solo su ojo se había vuelto de un rojo intenso, trató de reintegrarse. Creyó desfallecer. Pensó en la remota posibilidad de que una ambulancia pudiese llegar a rescatarlo. Rió. Entonces, se le ocurrió: llamar por teléfono celular a alguien que pudiese ayudarlo. Por tanto golpe, su memoria no funcionaba bien, pero la del celular sí. Buscó en el directorio: "Casa", "Trabajo", "Pizzas", "Gas", "Aeropuerto", Valentina", "Supermercado".
Nadie. Valentina era una prostituta que lo ayudó a pasar la última noche antes de ir a la costa. Era la única persona, además, la había besado en los labios. Era su única oportunidad, los autos se movían nuevamente. Presionó el botón verde y se percató de la cruel realidad. No había señal. Entre las montañas generalmente una señal suele obstaculizarse.
Se puso de pie, alzó el brazo y sacó la antena. Los autos seguían moviéndose, pero no había señal, no eran las montañas porque estaban lejos. Murmuró: "No hay señal".
Una señora que había estado tomando el sol que se había muerto, lo escuchó y se alarmó. Se lo dijo a su hijo que estaba con su novia, la que alarmada sacó su aparato e intentó llamar: "No hay señal", exclamó alarmada. Eso lo escuchó un grupo de ancianos que jugaban cartas. "Los problemas de la tecnología", pensaron, pero se preocuparon también y cada uno sacó su teléfono e intentó llamar a sus hijos. Silencio absoluto en el aire.
Poco a poco se propagó la noticia y cundió la deseperación ¿Cómo van a saber que estamos aquí? ¿Cómo no se dieron cuenta antes? ¿Qué vamos a hacer?
Algunos seguían intentando comunicarse, pero tal parece que la señal se había ido para siempre. Y sacando estas conclusiones, fue que la multitud empezó a empujar los autos, chocándolos unos con otros y generando una fuerza superior que movía el culebresco espectáculo mucho más rápido de lo habitual.
El hombre del auto negro se sentó a contemplar lo que había creado sin quererlo.
El avance iba bien hasta que alguien se salió del camino y provocó que todos los demás quisieran ir por el campo. Pero había cercas y plantaciones. No les importó. El camino se destruyó y cada cual siguió el propio, inventándolo o destruyendo lo que no era camino.
Muchos no pudieron seguir. Otros se quedaron en la carretera. Algunos perdieron las fuerzas y murieron tratando de llegar a la ciudad.
La ciudad, ese lugar donde sí hay señal, y donde todos vivieron felices esperando su próxima visita a la costa.

Tuesday, May 30, 2006

Las Protestas de unos Pro-Testas

La Vieja de la Mesa

Una señora común, roba frente a una cámara de televisión, la mesa de un banco que estaba siendo saqueado por la turba enardecida durante el día del trabajo, exactamente hace treinta días.
Qué paradójico.
Qué simple.
Es como el dulce retrato de nuestra cotidianeidad, de la velocidad como la sangre surca nuestras venas chilenas cada vez que sacamos lo propio, lo nacional, lo inverosímil de nuestra idiosincracia como chilenos y chilenas todos y todas, se me devuelven en imágenes de lo que hoy he vuelto a ver por televisión:
Un carabinero fornido, equipado para repeler protestas, persigue a una niña de trece o quince años como si fuera una terrorista, y cual prehistórico, la agarra del pelo y la arrastra para llevarla detenida bajo una lluvia de piedras y patadas y gritos y cuando me acuerdo me indigno más, y todo porque hoy se me ocurre empezar este blog, que se trataría en un principio de mi vida como docente, pero que ahora cambia de rumbo, sin planes ni programas que avalen lo lengua suelta que me voy a poner, para espitar con furia esa amarga sensación que me deja este país cada vez que me río o se ríen, que me hundo o me hunden, que me escapo o se me escapan y me doy cuenta lo salvaje y pendenciera que es nuestra chilenidad.
Los chiquillos hoy se tomaron el colegio. Me sentí orgulloso porque siempre les estoy diciendo que defiendan sus ideas. Pero no me dejaron entrar, ni siquiera se dignaron a darme una explicación hasta que se las pedí. Me enojé por su respuesta y sin saber que los entendería más tarde, decliné mi apoyo y los califiqué de pueriles, de insensatos, en definitiva, de chilenos malcriados. Entonces me di cuenta ¿En qué me he convertido? ¿Qué pasó con mis ideales? ¿Dónde están mis sueños?
Esta noche todos los estudiantes estarán pensando cuál será su futuro mañana. Han hecho una protesta que remeció los cimientos de nuestra sociedad. Se han tomado los colegios, han parado las actividades, han destrozado las calles y nos tienen a todos pensando en lo mal que están las cosas ¿Cuándo quedó la cagada que no me di cuenta? Estaba tan metido en mis asuntos que se me olvidó darme cuenta, que no supe cuándo el sistema terminó por suprimir la ilusión.
En realidad, ahora me he dado cuenta, y creo haber encontrado la raíz de toda la mierda que los chiquillos protestan. Y ahí estaba, a simple vista de todos: La Vieja de la Mesa. Señora: ¡Devuelva la mesa, por favor! Devuélvanos la ilusión, la sensatez, el estímulo. No se robe la mesa ni mienta que era para proteger a su hijo, porque si al otro día se tiño el pelo, era porque algo malo había hecho. Lo más lamentable, lo terrible, lo infumable, es que si esa señora hubiese sido mi mamá, la hubiese perdonado y hasta justificado. ¿Qué está mal en nosotros? Si el paco tirando a la niña del pelo, me perdonase un parte por pasarme un Pare al otro día, sería mi héroe, y guardaría su tarjeta como un escudo ante otros pacos, porque para ellos es quizás también un héroe, que cumplía su mal trabajo. Y si hubiese votado por esa presidenta ausente, la justificaría, y a su ministro si me hubiese hecho clases en la universidad, y al tío del quiosco que manoseaba a los niños, a veces me daba chicles gratis, es mi ídolo, y ese compañero que copiaba en las pruebas ¡Maestro! El profesor que daba clases libres ¡Buena onda! El que come en el supermercado es un osado, y la que hace perro muerto, una chilena típica. Qué mejor apelativo que el de lanza internacional, -chileno-, un eco proveniente de un celular de palo en sus inicios, en una plaga que me suenan hasta cuando estoy en un baño público y pienso que es el mío, pero como no es polifónico, lo descarto de inmediato, el mío apenas suena porque se me fue en un pantalón que lavé. Es mi excusa, pero no es verdad: es ordinario. Como yo , como todos, que nos damos excusas para no reconocer lo que realmente somos. Que apaleamos a nuestros jóvenes, que los obligamos a ser "algo", que basureamos a nuestros mapuches y nos reímos de todo el que sea diferente. Que le sacamos el corazón a la tierra y la vendemos a los chinos para que nos devuelvan una porcelana plástica que adornará mi mesa hasta que se vuelva amarilla.
Hoy, tras las protestas de estos estudiantes desenfadados se me han ocurrido tantas cosas, que de pensarlas hasta casi se me abre la úlcera, o me da la impresión que nuevamente me inyectan quimioterapia (por la náusea constante), se me ha ocurrido que tal vez podría ilustrar diariamente, o una o dos veces por semana, o mensualmente, o cuando se me dé la gana, con una historia este blog naciente, que ya sangra, pero que como chileno, no siente.