Pocas veces se había visto semejante atochamiento en la carretera. Sí, esa que nos trae desde la costa a la ciudad. La tarde parecía apresurar sus pasos, parodiando a todos los vehículos que apenas se movían dos o tres metros por hora.
El sol cansado, casi sin brillo, se resbalaba a sus espaldas. Desde el cielo nadie hubiese querido ver el espectáculo, -como diría tu abuelo-, culebresco, aproximándose luego de las vacaciones hacia el cemento. Por el asfalto y hacia el cemento. Ahora ya la ansiedad es un concepto añejo. Todos habían traspasado el límite de la paciencia, la sensatez de la espera se venía convirtiendo en sordidez y cada conductor odiaba el camino, odiaba las barreras, pero sobre todo, odiaba con toda su alma al vehiculo de adelante.
Bastó con que uno solo bajara del auto, del camión o del bus, para que todos se dieran la licencia de contemplar el escenario desde otro punto de vista.
Y así bajaron todos, decidieron intentar pasar el letargo con normalidad: planearon juegos, fumaron más de lo habitual, subieron el volumen de la música e incluso algunos fueron vistos dándose abrazos y besos mirando románticamente el sol que se preocupaba de sus asuntos en el poniente.
Todo parecía normal. Si la fila avanzaba un poco, solidariamente el auto era empujado por quien estuviera cerca. Todo quiso ser normal hasta que a uno de ellos, no recuerdo quien. Quizás pudo ser la niña de la manzana, o el joven sobre la piedra. Tal vez fue la anciana solitaria o el campesino que se le ocurrió vender en el camino sus tomates más rojos que la tierra le pudo escupir.
Si sacase mis conclusiones podría tener la seguridad que fue ese hombre del auto negro. Él, confundido ante la normalidad con que todos se tomaban una situación tan absurda, se subió sobre su auto y tratando de llamar la atención empezó a predicar:
-¡Hasta cuándo! ¿Cómo es posible que nadie reclame? ¿Acaso nadie ha venido a darnos una explicación? ¿Qué es lo que sucede más adelante? ¿Qué pasa que no nos dejan pasar? Quiero saber. ¿Nadie se atreve a ir?
El resto ya no se pudo escuchar. Había que mover los autos y su auto fue movido por unos niños. Quisieron hacerlo como un juego, pero el hombre sobre el techo perdió el equilibrio y se precipitó sobre el asfalto. Su cara quedó pegada como goma derretida y su ojo se reventó internamente.
Quiso ponerse de pie, pero por suerte hubo que mover los autos otra vez, y otra vez, y todo en solo cinco minutos. Había avanzado cerca de diez metros o veinte o quizás hasta treinta y la euforia invadía a la gente, y el sol terminó por hundirse, y todos pensaron que fue por lo mucho que habían avanzado y no porque así es la naturaleza o porque sin quererlo, tal vez, sin saberlo y porque no lo habían escuchado, terminaron aplastando, atropellando, olvidando al hombre del auto negro.
Sin embargo, no murió. Se levantó moribundo y como nadie se dio el tiempo de saber cómo estaba, además todas las heridas eran internas, solo su ojo se había vuelto de un rojo intenso, trató de reintegrarse. Creyó desfallecer. Pensó en la remota posibilidad de que una ambulancia pudiese llegar a rescatarlo. Rió. Entonces, se le ocurrió: llamar por teléfono celular a alguien que pudiese ayudarlo. Por tanto golpe, su memoria no funcionaba bien, pero la del celular sí. Buscó en el directorio: "Casa", "Trabajo", "Pizzas", "Gas", "Aeropuerto", Valentina", "Supermercado".
Nadie. Valentina era una prostituta que lo ayudó a pasar la última noche antes de ir a la costa. Era la única persona, además, la había besado en los labios. Era su única oportunidad, los autos se movían nuevamente. Presionó el botón verde y se percató de la cruel realidad. No había señal. Entre las montañas generalmente una señal suele obstaculizarse.
Se puso de pie, alzó el brazo y sacó la antena. Los autos seguían moviéndose, pero no había señal, no eran las montañas porque estaban lejos. Murmuró: "No hay señal".
Una señora que había estado tomando el sol que se había muerto, lo escuchó y se alarmó. Se lo dijo a su hijo que estaba con su novia, la que alarmada sacó su aparato e intentó llamar: "No hay señal", exclamó alarmada. Eso lo escuchó un grupo de ancianos que jugaban cartas. "Los problemas de la tecnología", pensaron, pero se preocuparon también y cada uno sacó su teléfono e intentó llamar a sus hijos. Silencio absoluto en el aire.
Poco a poco se propagó la noticia y cundió la deseperación ¿Cómo van a saber que estamos aquí? ¿Cómo no se dieron cuenta antes? ¿Qué vamos a hacer?
Algunos seguían intentando comunicarse, pero tal parece que la señal se había ido para siempre. Y sacando estas conclusiones, fue que la multitud empezó a empujar los autos, chocándolos unos con otros y generando una fuerza superior que movía el culebresco espectáculo mucho más rápido de lo habitual.
El hombre del auto negro se sentó a contemplar lo que había creado sin quererlo.
El avance iba bien hasta que alguien se salió del camino y provocó que todos los demás quisieran ir por el campo. Pero había cercas y plantaciones. No les importó. El camino se destruyó y cada cual siguió el propio, inventándolo o destruyendo lo que no era camino.
Muchos no pudieron seguir. Otros se quedaron en la carretera. Algunos perdieron las fuerzas y murieron tratando de llegar a la ciudad.
La ciudad, ese lugar donde sí hay señal, y donde todos vivieron felices esperando su próxima visita a la costa.